El verano

El verano

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«¡No ser nada!». Durante milenios ese enorme grito ha sublevado a millones de hombres contra el deseo y el dolor. Sus ecos han venido a morir aquí, a través de los siglos y los océanos, en el mar más viejo del mundo. Golpean aún sordamente contra los compactos acantilados de Oran. Sin saberlo, en esta tierra todo el mundo sigue ese consejo. Por supuesto prácticamente en vano. La nada no es más fácil de alcanzar que el absoluto. Pero puesto que, al igual que tantas otras gracias, recibimos esos signos eternos que nos entregan las rosas o el sufrimiento humano, no rechacemos tampoco las escasas invitaciones al sueño que nos depara la tierra. Las unas guardan tanta verdad como los otros.

Ahí está, quizá, el hilo de Ariadna de esta ciudad sonámbula y frenética. Aquí se aprenden las virtudes todas provisionales de cierto aburrimiento. Para salvarse, hay que decirle «sí» al Minotauro. Es una vieja y fecunda sabiduría. Por encima del mar, silencioso al pie de los farallones rojos, basta con mantenerse en un equilibrio exacto, a mitad de camino entre los dos cabos macizos que, a derecha e izquierda, se bañan en el agua clara. En la respiración de un guardacostas que se desliza aguas adentro, bañado en luz radiante, se escucha con claridad la llamada sofocada de fuerzas inhumanas y rutilantes: es el adiós del Minotauro.


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