El verano
El verano Es mediodía. El propio día está en pleno equilibrio. Cumplido su rito, el viajero recibe el precio de su liberación: la piedrecita seca y suave como un asfódelo que coge en el acantilado. Para el iniciado, el mundo no pesa más que esta piedra. El trabajo de Atlas resulta fácil, basta elegir el momento. Se entiende entonces que, durante una hora, un mes o un año, estas costas puedan prestarse a la libertad. Acogen, mezclados y sin reparar en ellos, al monje, al funcionario o al conquistador. Hubo días en los que esperaba encontrarme en las calles de Orán a Descartes o a César Borgia. No me ocurrió. Pero quizá otro tendrá más suerte. Una gran hazaña, una gran obra, la meditación noble, pedían en otro tiempo la soledad de los desiertos o del convento. Allí se velaban las armas del espíritu. ¿Dónde se velarían hoy mejor que en el vacío de una gran ciudad instalada desde hace mucho tiempo en la belleza sin espíritu?