El verano
El verano Imagino la respuesta de Prometeo a este interrogante que se levanta sobre el siglo. En realidad, ya la ha pronunciado: «Os prometo la reforma y la reparación, oh mortales, si sois lo bastante hábiles, lo bastante virtuosos, lo bastante fuertes como para llevarlas a cabo con vuestras manos». Si fuera verdad que la salvación está en nuestras manos, yo respondería que sí a la pregunta del siglo en razón de esa fuerza reflexiva y a esa valentía informada que advierto siempre en algunos hombres que conozco. «Oh justicia, oh, madre mía grita Prometeo, ya ves a lo que me someten». Y Hermes escarnece al héroe: «Me extraña que, siendo divino, no hayas previsto el suplicio que padeces». «Ya lo sabía», responde el rebelde. Los hombres de quienes hablo son —también ellos— hijos de la justicia. También ellos padecen la desdicha de todos con conocimiento de causa. Saben con precisión que no hay justicia ciega, que la historia carece de ojos y que, por tanto, hay que rechazar su justicia y sustituirla, en la medida de lo posible, por la que concibe el espíritu. Ahí entra de nuevo Prometeo en nuestro siglo.