El verano
El verano Los mitos no tienen vida por sí mismos. Esperan que los encarnemos nosotros. En cuanto un solo hombre en el mundo responde a su llamada, nos ofrecen su savia intacta. Tenemos que preservarlos y hacer que su sueño no muera del todo, para que la resurrección sea posible. A veces dudo que sea lícito salvar al hombre de hoy. Pero aún es posible salvar a los hijos de ese hombre en cuerpo y espíritu. Es posible ofrecerles al mismo tiempo las oportunidades de la felicidad y las de la belleza. Si debemos resignarnos a vivir sin la belleza, y sin la libertad que la belleza significa, el mito de Prometeo es uno de los que nos van a recordar que toda mutilación del hombre es por fuerza provisional y que nada del hombre se entrega si no se lo entrega entero. Si tiene hambre de pan y de brezo, y si el pan es lo más necesario, aprendamos a guardar el recuerdo del brezo. En el corazón más sombrío de la historia, los hombres de Prometeo, sin abandonar su dura tarea, conservarán una mirada para la tierra y para la hierba infatigable. El héroe encadenado mantiene, sometido al rayo y el trueno divinos, su tranquila fe en el hombre. De ese modo, acaba siendo más duro que su roca y más paciente que su buitre. Más que la rebelión contra los dioses, lo que para nosotros tiene sentido es esta prolongada obstinación. Y esa admirable voluntad de no descartar ni excluir nada de cuanto siempre ha reconciliado, y aún reconciliará, el corazón dolorido de los hombres con las primaveras del mundo.