El verano
El verano Caídas desde la cima del cielo, oleadas de sol rebotan brutalmente en el campo que nos rodea. Todo calla ante ese ruido y el Lubéron es, allá abajo, nada más que un enorme bloque de silencio que escucho sin descanso. Aguzo el oído: corren hacia mí desde la lejanía, me llaman amigos invisibles, crece mi alegría, la misma de hace años. De nuevo, un feliz enigma me ayuda a comprenderlo todo.
¿Dónde está el absurdo del mundo? ¿Es este resplandor o el recuerdo de su ausencia? Con tanto sol en la memoria, ¿cómo he podido apostar por el sinsentido? Los que me rodean se extrañan; a veces, también yo me extraño. Podría responder y responderme que precisamente el sol me ayudaba, y que su luz, a fuerza de espesor, coagula el universo y sus formas en un deslumbramiento oscuro. Pero eso puede decirse de otra manera, y, ante esa claridad blanca y negra que para mí ha sido siempre la de la verdad, querría explicarme sin más este absurdo que conozco demasiado como para soportar que se hable de él sin matices. Hablar de él, por lo demás, nos llevará de nuevo al sol.