El verano
El verano Ahora puede arder ya el fuego de estopa; ¿qué importa lo que podamos parecer y lo que usurpemos? Lo que somos, lo que tenemos que ser, basta para llenar nuestras vidas y emplear nuestro esfuerzo. París es una admirable caverna, y sus hombres, cuando ven sus propias sombras agitarse en la pared del fondo, las toman por la única realidad. De ahí la extraña y fugitiva fama que esta ciudad otorga. Pero lejos de París hemos aprendido que hay una luz a nuestra espalda, que necesitamos darnos la vuelta, rompiendo nuestras ataduras, para mirarla de frente, y que nuestra tarea antes de morir es buscar a través de todas las palabras el modo de nombrarla. Todo artista, sin duda, busca su verdad. Si es grande, cada obra lo acerca a ella, o, al menos, gravita cada vez más cerca de ese centro, sol huido, en el que un día todo ha de acabar por arder. Si es mediocre, cada obra lo aleja de ella y el centro está entonces en todas partes, la luz se desvanece. Pero los únicos que pueden ayudar al artista en su búsqueda obstinada son quienes lo aman y también quienes, amando o creando también ellos, encuentran en su pasión la medida de toda pasión y por eso saben juzgar.
Sí, todo ese ruido… ¡cuando la paz sería amar y crear en silencio! Pero hay que saber tener paciencia. Todavía durante un momento, el sol sella las bocas.
1950