El verano
El verano Claro está que lo mÃo no es un tipo de optimismo. Como todos los hombres de mi generación, crecà al son de los tambores de la primera guerra, y nuestra historia, desde entonces, no ha parado de ser matanza, injusticia o violencia. Pero el verdadero pesimismo —que lo hay— consiste en encarecer tanta crueldad e infamia. Por mi parte, nunca he parado de luchar contra ese deshonor y odio únicamente a los crueles. En lo más negro de nuestro nihilismo, he buscado tan sólo razones para superar ese nihilismo. Y en absoluto por virtud, ni por una rara elevación del alma, sino por fidelidad instintiva a una luz en la que he nacido y en la que desde hace miles de años los hombres han aprendido a saludar la vida hasta en el sufrimiento. Esquilo, con frecuencia, es desesperanzador; sin embargo, ilumina y calienta. En el centro de su universo no está el pobre sinsentido que nosotros encontramos, sino el enigma, es decir, un sentido que se descifra mal porque deslumbra. Del mismo modo, a los hijos indignos —pero obstinadamente fieles— de Grecia que aún sobreviven en este siglo descarnado, la quemadura de nuestra historia puede parecerles insoportable, pero acaban soportándola porque quieren comprenderla. En el centro de nuestra obra, aunque sea negra, luce un sol inagotable, el mismo que clama hoy a través de la llanura y las colinas.