El verano

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Sin embargo, me obstinaba, sin saber demasiado bien lo que esperaba, a no ser que fuera, quizá, el momento de retornar a Tipasa. De verdad que es una gran locura —casi siempre castigada— volver a los lugares de juventud y querer revivir a los cuarenta años lo que se amó o aquello que se gozó con fuerza a los veinte. Pero estaba advertido de esa locura. Había regresado ya a Tipasa una primera vez, poco después de aquellos años de guerra que marcaron para mí el fin de la juventud. Esperaba —creo— encontrar allí una libertad que no podía olvidar. En efecto, en ese lugar, pasé hace más de veinte años mañanas enteras errando entre las ruinas, respirando los ajenjos, calentándome contra las piedras, descubriendo las pequeñas rosas, enseguida deshojadas, que sobreviven a la primavera. Sólo a mediodía, a la hora en que hasta las cigarras se callaban, aplastadas, huía ante la ávida llamarada de una luz que lo devoraba todo. De noche, dormía a veces con los ojos abiertos bajo un cielo que rezumaba estrellas. Entonces vivía. Quince años después, encontraba de nuevo mis ruinas a algunos pasos de las primeras olas, seguía las calles de la ciudad olvidada a través de los campos cubiertos de amargos árboles y, en las colinas que dominan la bahía, acariciaba aún las columnas color de pan. Pero las ruinas estaban ahora cercadas de alambradas y no se podía acceder a ellas más que por los pasos autorizados. También estaba prohibido —por razones que, al parecer, la moral aprueba— pasearse de noche; de día, uno se encontraba con un guardia jurado. Sin duda por azar, aquella mañana llovía sobre toda la extensión de las ruinas.


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