El verano

El verano

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Sin dejar de mirarla, salvo finalmente las alambradas para volver a encontrarme entre las ruinas. Y bajo la luz gloriosa de diciembre, como sólo ocurre una o dos veces en vidas que después de algo así pueden considerarse colmadas, volví a encontrar exactamente lo que había venido a buscar y que, pese al tiempo y el mundo, se me ofrecía, verdaderamente para mí solo, en esa naturaleza desierta. Desde el foro sembrado de aceitunas, se descubría el pueblo allá abajo. No llegaba ningún ruido desde allí: ligeras humaredas subían en el aire límpido. También el mar se callaba, como ahogado bajo la ducha ininterrumpida de una luz centelleante y fría. Proveniente del Chenua, un lejano canto de gallo celebraba en solitario la gloria frágil del día. Del lado de las ruinas, todo lo lejos que alcanzaba la vista, no se veían más que piedras acribilladas y ajenjos, árboles y columnas perfectas en la transparencia del aire cristalino. Parecía que la mañana se hubiera fijado y el sol detenido durante un instante incalculable. En esa luz y ese silencio, años de furor y de noche se deshacían lentamente. Escuchaba dentro de mí un sonido casi olvidado, como si mi corazón, parado desde hacía mucho tiempo, se pusiera de nuevo a latir suavemente. Y ahora, despierto, reconocía uno a uno los imperceptibles ruidos de los que estaba hecho el silencio: el bajo continuo de los pájaros, los suspiros ligeros y breves del mar al pie de las rocas, la vibración de los árboles, el canto ciego de las columnas, el roce de los ajenjos, las lagartijas furtivas. Oía eso; escuchaba también las oleadas de felicidad que subían dentro de mí. Me parecía haber regresado por fin a puerto, al menos por un instante, y que ese instante, en lo sucesivo, no terminaría nunca más. Pero poco después el sol subió visiblemente un grado en el cielo. Un mirlo hizo un breve preludio, y de pronto, desde todas partes, estallaron los cantos de los pájaros con fuerza, con júbilo, con feliz discordancia, con una alegría infinita. El día se puso en marcha. Debía conducirme hasta el atardecer.


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