El verano

El verano

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No hay para mí uno solo de esos sesenta y nueve kilómetros de carretera que no esté cubierto de recuerdos y sensaciones. La infancia violenta, las ensoñaciones adolescentes en medio del ronroneo del coche de línea, las mañanas, las muchachas frescas, las playas, los jóvenes músculos siempre en el límite de su esfuerzo, la ligera angustia del atardecer en un corazón de dieciséis años, el deseo de vivir, la gloria, y siempre el mismo cielo a lo largo de los años, inagotable de fuerza y de luz, insaciable él mismo devorando una a una, durante meses, a las víctimas ofrecidas en cruz sobre la playa en la hora fúnebre del mediodía. También el mismo mar siempre, casi impalpable en la mañana, que volví a encontrar en el límite del horizonte desde que la carretera, dejando el Sahel y sus colinas con las viñas color de bronce, descendió hacia la costa. Pero no me paré a mirarlo. Deseaba ver de nuevo el Chenua, esa pesada y sólida montaña cortada en un solo bloque que bordea la bahía de Tipasa al oeste antes de meterse también en el mar. Se la ve de lejos, mucho antes de llegar, vapor azul y ligero que se confunde aún con el cielo. Sin embargo, poco a poco, a medida que se avanza hacia ella, se condensa hasta tomar el color de las aguas que la rodean, gran ola inmóvil cuyo prodigioso impulso hubiera sido brutalmente solidificado por encima de un mar que se hubiera calmado de golpe. Aún más cerca, casi a las puertas de Tipasa, está su masa altiva, oscura y verde, el viejo dios musgoso al que nada ha de doblegar, refugio y puerto para sus hijos, de los que yo formo parte.


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