El verano

El verano

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Y en Argel, por segunda vez, caminando de nuevo bajo el mismo temporal que me parecía que no había cesado desde una partida que yo había creído definitiva, en medio de esa inmensa melancolía que olía a lluvia y a mar, pese a ese cielo de bruma, esas espaldas fugitivas bajo el aguacero, esos cafés cuya luz azufrada descomponía los rostros, me obstinaba en esperar. ¿Acaso no sabía yo que las lluvias de Argel, con ese aire que tienen de no terminar nunca, se detienen sin embargo de repente, igual que esos ríos de mi tierra que se hinchan en dos horas, devastan hectáreas de terreno y se secan de golpe? En efecto, una tarde paró la lluvia. Esperé toda una noche. Se alzó una mañana líquida, deslumbrante, sobre el mar puro. Del cielo —fresco como un ojo, lavado y vuelto a lavar por las aguas, reducido por esas coladas sucesivas a su trama más fina y clara— bajaba una luz vibrante que daba a cada casa, a cada árbol, un dibujo perceptible, una novedad maravillada. En el amanecer del mundo, la tierra debió surgir con una luz parecida. Emprendí de nuevo el camino de Tipasa.






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