El verano
El verano Dejé otra vez Tipasa, volví a Europa y sus luchas. Pero el recuerdo de ese día aún me sostiene y me ayuda a escoger con el mismo ánimo lo que transporta y lo que abruma. En la difícil hora en que nos encontramos, ¿qué más puedo desear que no excluir nada y aprender a trenzar con hilo blanco e hilo negro una misma cuerda tensa casi hasta romperse? En todo cuanto he hecho o dicho hasta hoy me parece reconocer esas dos fuerzas, aun cuando se enfrenten. No he podido renegar de la luz en la que he nacido y, sin embargo, tampoco he querido rechazar las servidumbres de estos tiempos. Sería demasiado fácil oponer aquí al dulce nombre de Tipasa otros nombres más sonoros y más crueles: hay para los hombres de hoy en día un camino interior que conozco bien, porque lo he recorrido en ambos sentidos, y que va desde las colinas del espíritu a las capitales del crimen. Y sin duda, siempre se puede descansar, dormirse en la colina u hospedarse en el crimen. Pero si se renuncia a una parte de lo que se es, uno tiene que renunciar a ser; y, en ese caso, hay que renunciar a vivir o amar, si no es por poderes. Existe una voluntad de vivir sin rechazar nada de la vida, que es la virtud que más honro en este mundo. Reconozco que, al menos de tarde en tarde, me gustaría haberla ejercido. Precisamente porque pocas épocas piden tanto como la nuestra que se adapte uno a lo mejor lo mismo que a lo peor, me gustaría no eludir nada y guardar con exactitud una doble memoria. Sí, existe la belleza y existen los humillados. Sean cuales sean las dificultades de la empresa, querría no ser jamás infiel ni a la una ni a los otros.