Escritos libertarios

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No estaba en la sala Wagram cuando usted pronunció sus emotivas palabras sobre la revolución húngara de 1956, con motivo del aniversario de la otra gran revolución húngara, la de 1848. Las leí, meses más tarde, en Témoins, con sentimientos a la vez emocionados y contradictorios.

Permítame que le hable con toda sinceridad —y gracias a Témoins, públicamente— de todos los pensamientos que me inspiró su discurso.

Cuánta razón tiene, querido Albert Camus, cuando, desempeñando el penoso papel de las Casandras, disipa «las nuevas esperanzas de algunos compañeros infatigables» en cuanto a las posibilidades de una evolución «natural» de los regímenes totalitarios más allá del Leita, el Danubio y el Óder. «El terror», como usted dice, «solo evoluciona a peor, el cadalso no se liberaliza, la fuerza no es tolerante…». O como usted dice también con tanta concisión persuasiva: «Lo que define a la sociedad totalitaria, de derechas o de izquierdas, es en primer lugar el partido único, y el partido único no tiene ninguna razón para destruirse a sí mismo».




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