Escritos libertarios

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A lo largo de estos últimos años, y sobre todo después de la intervención rusa del 4 de noviembre, se ha discutido mucho, entre los intelectuales húngaros, una teoría según la cual la actual situación de Hungría sería parecida a la que nuestro pueblo conoció de 1849 a 1867, es decir, entre el fracaso de la revolución nacional y el compromiso con Austria. Paskevich, general del sanguinario Nicolás que acudió en ayuda del emperador austriaco, impuso la capitulación de Világos al derrotado Ejército de Kossuth. La nación sufría el régimen de Bach, que suprimía cualquier vida nacional y económica. Tras una docena de años, el susodicho régimen se había vuelto no solo insoportable, sino además, propiamente hablando, insostenible, por lo que el país se encontró en presencia de dos opciones, una encarnada por Kossuth y la otra representada por ese temporizador que fue uno de nuestros políticos destacados: Deák. Kossuth, exiliado, mantenía las grandes ideas liberadoras de 1848 y no dejaba de defenderlas con un entusiasmo tan ferviente como magistral y admirable. Decenas de años más tarde, obreros y estudiantes, los días de manifestación en masa, tenían en los labios el nombre de Kossuth, que los campesinos, por su parte, incluían en sus plegarias. En cuanto a Deák, este allanaba, en Budapest, el camino del compromiso con Viena. Su nombre estaba maldito y su política se detestaba. La famosa «carta de Casandra» de Kossuth, en la que advertía a Deák contra cualquier idea de acomodamiento, fue durante mucho tiempo el himno de reunión de los patriotas. Todos los corazones latían por Kossuth…


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