Escritos libertarios
Escritos libertarios Interesarse por las razones de esta connivencia exige volver a los tiempos que siguieron a la guerra, a los de la derrota de los fascismos en que, por segunda vez, la realpolitik decidió considerar perdida la causa de España y se negó a destronar al último dictador en activo, Francisco Franco. Entre los intelectuales franceses, ocupados en otros asuntos, fueron raros los que, como Camus, experimentaron entonces esta actitud como una afrenta a la dignidad humana. Mientras que, en el mejor de los casos, las grandes plumas se ponían de acuerdo en ver en aquello solamente una cuestión de tipo político que requería una solución negociada, Camus lo convertía en una estricta obligación moral. En algo tenía razón: la política, que depende de las circunstancias, acaba siempre por someterse a ellas; la ética, que se debe a simple rectitud, está obligada a no ceder sobre los principios. La política fue lo que prevaleció; una vez entrado en la «guerra fría», el mundo, integrado en la lógica de los bloques, pronto olvidaría a España, o la utilizaría, según. Camus no. Para él, la suerte del zek de Vorkutá no suavizaba la del condenado de Carabanchel. Al contrario, añadía lo innoble a lo insoportable. Nunca se hablará bastante de lo que Franco debió a Stalin: de entrada su respetabilidad de asesino occidental.
La España libre, una causa sagrada