La peste
La peste —Voy a buscar a Rieux —le dijo este último—. ¿Quiere usted venir?
—Nunca estoy seguro de no molestarle —dijo Rambert después de un momento de duda.
—No lo creo: siempre me habla mucho de usted.
El periodista reflexionó:
—Escúcheme —dijo—. Si tienen ustedes un momento después de comer, aunque sea tarde, vengan al bar del hotel los dos.
—Eso dependerá de él y de la peste.
A las once de la noche, sin embargo, Rieux y Tarrou entraron en el bar pequeño y estrecho. Una treintena de personas se codeaban y hablaban a gritos. Venidos del silencio de la ciudad apestada, los dos recién llegados se detuvieron un poco aturdidos. Comprendieron aquella agitación cuando vieron que servÃan alcoholes todavÃa. Rambert estaba en un extremo y les hacÃa señas desde lo alto de su taburete. Se acercaron. Tarrou empujó con tranquilidad a un vecino ruidoso.
—¿No le asusta a usted el alcohol?
—No —dijo Tarrou—, al contrario.