La peste
La peste Rieux aspiró el olor a hierbas amargas de su vaso. Era difÃcil hablar en aquel tumulto, pero Rambert parecÃa ocupado sobre todo en beber. El doctor no podÃa darse enteramente cuenta de si estaba borracho. En una de las mesas que ocupaban el resto del local, un oficial de marina, con una mujer en cada brazo, contaba a un grueso interlocutor una epidemia de tifus en El Cairo. "Campos —decÃa—, habÃan hecho campos para los indÃgenas con tiendas para los enfermos y todo alrededor un cordón de centinelas que tiraba sobre las familias cuando intentaban llevarles, a escondidas, medicinas de curanderas. Era muy duro, pero era justo." En la otra mesa, ocupada por jóvenes elegantes, la conversación era incomprensible y se perdÃa entre los compases de Saint James Infirmary que vertÃa un altavoz puesto junto al techo.
—¿Está usted contento? —preguntó Rieux, levantando la voz.
—Se aproxima —dijo Rambert—. Es posible que en esta semana.
—¡Qué lástima! —exclamó Tarrou.
—¿Por qué?
Tarrou miró a Rieux.
—¡Oh! —dijo éste—, Tarrou lo ha dicho porque piensa que usted podrÃa sernos útil aquÃ. Pero yo comprendo bien su deseo de marcharse.
Tarrou ofreció otra ronda. Rambert bajó de su taburete y le miró a la cara por primera vez.