La peste

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Poco más tarde hubo que buscar otra salida. Una disposición de la prefectura expropió a los ocupantes de concesiones a perpetuidad y todos los restos exhumados fueron al horno crematorio. Pero pronto hubo que conducir a los muertos mismos de la peste a la cremación. Entonces hubo que utilizar el antiguo horno de incineración que se encontraba al este de la ciudad, fuera de las puertas. Se llevó más lejos el piquete de la guardia y un empleado del ayuntamiento facilitó mucho la tarea de las autoridades aconsejando que se utilizaran los tranvías que llegaban al paseo del mirador y que se encontraban ahora sin empleo. Con este fin se acondicionó el interior de los coches y de los remolques quitando los asientos y se llevó la vía en dirección al horno que llegó a ser un final del trayecto.

Y durante los últimos días del verano, como bajo las lluvias del otoño, se pudo ver a lo largo del mirador, en el corazón de la noche, pasar extraños convoyes de tranvías sin viajeros bamboleándose sobre el mar. Los habitantes acabaron por saber lo que era. Y a pesar de las patrullas que impedían el acceso al mirador, algunos grupos llegaban a trepar muchas veces por las rocas cortadas a pico sobre las olas y arrojaban flores al paso de los tranvías. Los vehículos traqueteaban en la noche de verano, con su cargamento de flores y de muertos.


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