La peste

La peste

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Bien o mal, hasta fines del mes de agosto, nuestros conciudadanos pudieron ser conducidos a su última morada, si no decentemente, por lo menos con el suficiente orden para que la administración tuviera la tranquilidad de conciencia de cumplir con su deber. Pero hay que anticipar algo sobre la continuación de los hechos para relatar los últimos procedimientos a que hubo que recurrir. El grado en que la peste se mantuvo a partir del mes de agosto sobrepasaba con mucho en la acumulación de víctimas a las posibilidades que ofrecía nuestro pequeño cementerio. De nada sirvió tirar lienzos de pared, abrir a los muertos una puerta de escape hacia los terrenos cercanos: hubo que acabar por encontrar otra cosa. Primero, se decidió enterrar por la noche, lo que dispensaba de tener ciertos miramientos. Se podía amontonar los cuerpos cada vez más numerosos en las ambulancias. Y los raros paseantes retrasados que, contraviniendo la regla, andaban por los barrios extremos después del toque de queda, o aquellos que eran llevados allí por su oficio, encontraban a veces largas filas de ambulancias que pasaban a toda marcha haciendo resonar, con su timbre sin vibración, las calles vacías de la noche. Los cuerpos eran arrojados en las fosas apresuradamente. No habían terminado de caer cuando las paletadas de cal se desparramaban sobre sus rostros y la tierra les cubría anónimamente en los hoyos que se cavaban cada vez más profundos.


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