La peste
La peste De pronto, desde las ventanas de las casas ocupadas por los agentes, se desencadenó un tiroteo de ametralladora. La persiana que servía de blanco se deshojó literalmente y dejó al descubierto una superficie negra, en la que tanto Rieux como Grand no podían distinguir nada. Cuando pararon los tiros, una segunda ametralladora empezó a crepitar en la esquina de otra casa. Las balas entraban sin duda por el hueco de la ventana porque una de ellas hizo saltar una esquirla de ladrillo. En el mismo momento, tres agentes atravesaron corriendo la calzada y desaparecieron en el portal de la casa. Detrás de ellos se precipitaron otros tres y el tiroteo de la ametralladora cesó. Se oyeron dos detonaciones dentro de la casa. Después un rumor fue creciendo y se vio salir de la casa, llevado en vilo más que arrastrado, a un hombrecillo en mangas de camisa que gritaba sin parar. Como por un milagro, todas las persianas se abrieron y las ventanas se llenaron de curiosos, mientras que una multitud de personas salía de las casas, apiñándose en las barreras de cuerdas. En un momento se vio al hombrecillo en medio de la calzada con los pies al fin en el suelo y los brazos sujetos atrás por los agentes. Seguía gritando. Un agente se le acercó y le pegó con toda la fuerza de sus puños dos veces, pausadamente, con una especie de esmero.
—Es Cottard —balbuceó Grand—. Se ha vuelto loco.