Los justos
Los justos KALIAYEV. —No. Sé lo que piensa. Ya Schweitzer lo decÃa. «Demasiado extraordinario para ser revolucionario». Yo querÃa explicarles que no soy extraordinario. Me encuentran un poco loco, demasiado espontáneo. Sin embargo, creo como ellos en la causa. Como ellos, quiero sacrificarme. Yo también puedo ser hábil, taciturno, disimulado, eficaz. Sólo que la vida sigue pareciéndome maravillosa. Amo la belleza y la felicidad. Por eso es por lo que odio el despotismo. ¿Cómo explicarles esto? ¡La revolución, claro! Pero la revolución por la vida, para dar una posibilidad a la vida, ¿comprendes?
DORA. —(Con Ãmpetu). SÃ… (Más bajo, después de un silencio). Y sin embargo, vamos a matar.
KALIAYEV. —¿Quiénes? ¿Nosotros?… Ah, quieres decir… No es lo mismo. Oh, no, no es lo mismo. ¡Y además, matamos para construir un mundo en el que nadie mate nunca más! Aceptamos ser criminales para que la tierra se cubra por fin de inocentes.
DORA. —¿Y si no ocurriera eso?
KALIAYEV. —Calla, bien sabes que es imposible. Entonces Stepan tendrÃa razón. Y habrÃa que escupirle a la belleza a la cara.
DORA. —Soy más antigua que tú en la organización. Sé que nada es sencillo. Pero tú tienes fe… Todos necesitamos fe.
KALIAYEV. —¿Fe? No. Uno solo la tenÃa.