Los justos
Los justos DORA. —¡Un segundo en que vas a verlo! ¡Oh, Yanek, tienes que saberlo, tienes que estar prevenido! Un hombre es un hombre. El gran duque quizá tenga ojos bondadosos. Lo verás rascarse la oreja o sonreÃr alegremente. Quién sabe, tal vez tenga un pequeño tajo hecho con la navaja de afeitar. Y si te mira en ese momento…
KALIAYEV. —No es a él a quien voy a matar. Mato al despotismo.
DORA. —Claro, claro. Hay que matar al despotismo. Yo prepararé la bomba y al sellar el tubo, ¿sabes?, en el momento más difÃcil, cuando los nervios están tensos, sentiré, sin embargo, una extraña felicidad en el corazón. Pero no conozco al gran duque y mi tarea serÃa menos fácil si mientras lo hago estuviera sentado delante de mÃ. Tú vas a verlo de cerca. Muy de cerca…
KALIAYEV. —(Con violencia). No lo veré.
DORA. —¿Por qué? ¿Vas a cerrar los ojos?
KALIAYEV. —No. Pero, Dios mediante, el odio me llegará en el momento oportuno, y me cegará.
(Llaman una vez. Permanecen inmóviles. Entran Stepan Y Voinov). (Voces en la antesala. Entra Annenkov).
ANNENKOV. —Es el portero. El gran duque irá al teatro mañana. (Les mira). Todo debe de estar listo, Dora.