Los justos
Los justos STEPAN. —(después de un silencio y caminando hacia ella). Comprendo, me desprecias. Pero ¿estás segura de que tienes razón? (Un silencio; con violencia creciente). Estáis todos ahà regateando lo que hacéis en nombre del innoble amor. ¡Pero yo no amo a nadie y odio, sÃ, odio a mis semejantes! ¿Qué me importa a mà su amor? Lo conocà en la cárcel, hace tres años. Y hace tres años que lo llevo encima. ¿Quieres que me enternezca y que arrastre la bomba como una cruz? ¡No! ¡No! He ido demasiado lejos, sé demasiadas cosas… Mira… (Se desgarra la camisa. Dora hace un movimiento hacia él. Retrocede ante las marcas del látigo). ¡Son las marcas! ¡Las marcas de su amor! ¿Me desprecias ahora?
(Ella se le acerca y le besa bruscamente).
DORA. —¿Quién podrÃa despreciar al dolor? Te quiero también.
STEPAN. —(la mira sordamente). Perdóname, Dora. (Una pausa. Se aparta). Tal vez sea la fatiga. Años de lucha, la angustia, los chivatos, el presidio… y para terminar esto. (Muestra las marcas). ¿Dónde iba a encontrar yo fuerzas para amar? Por lo menos me quedan para odiar. Es preferible eso a no sentir nada.
DORA. —SÃ, es preferible.
(Él la mira. Dan las siete).
STEPAN. —(volviéndose bruscamente). Va a pasar el gran duque.