Los justos
Los justos KALIAYEV. —Rectifico.
SKOURATOV. —¿Cómo dice?
KALIAYEV. —Rectifico. Soy un prisionero de guerra, no un acusado.
SKOURATOV. —Como usted quiera. Sin embargo, causó usted estragos, ¿verdad? Dejemos de lado al gran duque y a la polÃtica. Por lo menos, hubo muerte de hombre. ¡Y qué muerte!
KALIAYEV. —Arrojé la bomba contra la tiranÃa de ustedes, no contra un hombre.
SKOURATOV. —Sin duda. Pero fue el hombre quien la recibió. Y eso no le sentó nada bien. ¿Sabe usted, querido amigo, que cuando encontraron el cuerpo faltaba la cabeza? ¡La cabeza, desaparecida! En cuanto al resto, apenas si pudo reconocerse un brazo y una parte de la pierna.
KALIAYEV. —Yo ejecuté una sentencia.
SKOURATOV. —Tal vez, tal vez. Nadie le reprocha la sentencia. ¿Qué es una sentencia? Es una palabra que puede discutirse noches enteras. Lo que se le reprocha… no, a usted no le gustarÃa esa palabra…, es, digamos, un trabajo de aficionado, un poco desordenado, cuyas consecuencias, eso sÃ, son indiscutibles. Todo el mundo ha podido verlas. Pregúnteselo a la gran duquesa. HabÃa sangre, ¿comprende?, mucha sangre.
KALIAYEV. —Cállese.