Los justos
Los justos SKOURATOV. —Para servir a usted. Pero en su lugar yo me mostrarÃa menos orgulloso. Tal vez llegue a sucederle lo mismo. Se comienza por querer la justicia y se acaba organizando una policÃa. Por lo demás, la verdad no me asusta. Voy a ser franco con usted. Usted me interesa y le ofrezco los medios de obtener la gracia.
KALIAYEV. —¿Qué gracia?
SKOURATOV. —¿Cómo, qué gracia? Le ofrezco salvarle la vida.
KALIAYEV. —¿Quién se lo ha pedido?
SKOURATOV. —La vida no se pide, querido amigo. Se recibe. ¿Nunca concedió usted gracia a nadie? (Pausa). Piénselo bien.
KALIAYEV. —Rechazo su gracia de una vez por todas.
SKOURATOV. —Escúcheme, al menos. No soy su enemigo, a pesar de las apariencias. Admito que pueda usted tener razón en lo que piensa. Salvo en lo que se refiere al asesinato…
KALIAYEV. —Le prohÃbo emplear esa palabra.
SKOURATOV. —(mirándolo). ¡Ah! Nervios delicados, ¿eh? (Pausa). Sinceramente, quisiera ayudarle.
KALIAYEV. —¿Ayudarme? Estoy dispuesto a pagar lo necesario. Pero no le soportaré esa familiaridad conmigo. Déjeme.
SKOURATOV. —La acusación que pesa sobre usted…