Los justos
Los justos SKOURATOV. —(riendo). ¿Le parece? Voy a decirle por qué. Una idea puede matar a un gran duque, pero difÃcilmente llega a matar niños. Eso es lo que usted descubrió. Entonces se plantea una cuestión, si la idea no llega a matar niños, ¿merece que se mate a un gran duque? (Kaliayev hace un gesto). ¡Oh, no me conteste, no me conteste! Se lo dirá usted a la gran duquesa.
KALIAYEV. —¿A la gran duquesa?
SKOURATOV. —SÃ, quiere verlo. Y yo vine sobre todo para asegurarme de que esta conversación era posible. Lo es. Hasta puede hacerle cambiar de opinión. La gran duquesa es cristiana. El alma, ¿sabe?, es su especialidad.
(Se rÃe).
KALIAYEV. —No quiero verla.
SKOURATOV. —Lo siento, ella insiste. Y después de todo, usted le debe algunas consideraciones. Además dicen que desde la muerte de su marido no está en sus cabales. No hemos querido contrariarla. (En la puerta). Si cambia de opinión, no olvide mi propuesta. Volveré. (Una pausa. Escucha). Aquà está. ¡Después de la policÃa, la religión! Decididamente, le mimamos. Pero todo se relaciona. ImagÃnese a Dios sin las prisiones. ¡Qué soledad! (Sale. Se oyen voces y órdenes).
(Entra la gran duquesa, que permanece inmóvil y silenciosa. La puerta está abierta).
KALIAYEV. —¿Qué quiere?