Los justos
Los justos DORA. —No digas eso. Si la única solución es la muerte, no vamos por buen camino. El buen camino es el que conduce a la vida, al sol. No se puede tener siempre frÃo.
ANNENKOV. —Eso también conduce a la vida. A la vida de los demás. Rusia vivirá, nuestros nietos vivirán. Recuerda lo que decÃa Yanek «Rusia será hermosa».
DORA. —Los demás, nuestros nietos… SÃ. Pero Yanek está, en la cárcel y la cuerda es frÃa. Quizá ha muerto ya para que los otros vivan. ¡Ay, Boria!, ¿y si los otros no vivieran? ¿Y si muriera por nada?
ANNENKOV. —Calla. (Silencio).
DORA. —Qué frÃo hace. Y eso que estamos en primavera. Hay árboles en el patio de la cárcel, lo sé. Él ha de verlos.
ANNENKOV. —Espera a saber. No tiembles asÃ.
DORA. —Siento tanto frÃo que tengo la impresión de estar ya muerta. (Una pausa). Todo esto nos envejece tan rápidamente. Nunca ya seremos niños, Boria. Con el primer crimen, huye la infancia. Arrojo la bomba y en un segundo, ¿sabes?, transcurre toda una vida. Ay, en adelante podemos morir. Hemos dado ya la vuelta al hombre.
ANNENKOV. —Entonces moriremos luchando, como lo hacen los hombres.