Los justos
Los justos DORA. —(caminando hacia la ventana). ¡Amar, sÃ, pero ser amada!… No, hay que seguir en marcha. Uno quisiera detenerse. ¡En marcha! ¡En marcha! Uno quisiera tender los brazos y dejarse llevar. Pero la cochina injusticia se nos pega como el engrudo. ¡En marcha! Estamos condenados a ser más grandes que nosotros mismos. Los seres, los rostros, eso es lo que uno quisiera amar. ¡El amor más bien que la justicia! No, hay que seguir en marcha. ¡En marcha, Dora! ¡En marcha, Yanek! (Llora). Pero para él, se acerca el fin.
ANNENKOV. —(tomándola en sus brazos). Será agraciado.
DORA. —(mirándolo). Bien sabes que no. Bien sabes que no estarÃa bien. (Él aparta la mirada). Tal vez está saliendo ya al patio. Toda esa gente de pronto silenciosa, apenas él aparece. Con tal de que no tenga frÃo. Boria, ¿sabes cómo ahorcan?
ANNENKOV. —En el extremo de una cuerda. ¡Basta, Dora!
DORA. —(ciegamente). El verdugo salta sobre los hombros. El cuello está saliendo. ¿No es terrible?
ANNENKOV. —SÃ. En cierto sentido. En otro sentido, es la felicidad.
DORA. —¿La felicidad?
ANNENKOV. —Sentir la mano de un hombre antes de morir. (Dora se arroja a un sillón. Silencio). Dora, habrá que marcharse en seguida. Descansaremos un poco.