Los justos
Los justos STEPAN. —A las dos de la mañana.
DORA. —¿Y durante cuatro horas esperó?
STEPAN. —SÃ, sin decir ni una palabra. Y después, todo se precipitó. Ahora se acabó.
DORA. —¿Cuatro horas sin hablar? Espera un poco. ¿Cómo iba vestido? ¿TenÃa puesto el capote?
STEPAN. —No. Estaba todo de negro, sin abrigo. Y llevaba un sombrero negro.
DORA. —¿Qué tiempo hacÃa?
STEPAN. —Noche cerrada. La nieve estaba sucia. Y después, la lluvia la convirtió en un barro pegajoso.
DORA. —¿Temblaba?
STEPAN. —No.
DORA. —¿Miró a Orlov?
STEPAN. —No.
DORA. —¿Qué miraba?
STEPAN. —A todo el mundo, dice Orlov, sin ver nada.
DORA. —¿Qué más, qué más?
STEPAN. —Deja, Dora.
DORA. —No, quiero saber. Su muerte, por lo menos, es mÃa.
STEPAN. —Le leyeron la sentencia.
DORA. —¿Qué hacÃa entre tanto?