Juvenilia
Juvenilia Lamarque me enloquecía, pintándome en verso, prosa y narraciones orales los primores maravillosos del Orphée aux Enfers, que se daba entonces por primera vez en el Teatro Argentino. La descripción del traje de la Opinion Publique tomaba siete octavas partes de la narración, destinadas a pintar precisamente lo que no cubría. Diana, Venus, la opulenta Juno, completaban el cuadro. No tenía la menor noción de esas grandezas; un deseo inmoderado de gozar yo también de ese espectáculo soberano me impedía estudiar, apartar un instante mi pensamiento de todo ese Olimpo adorable. Así, un día que Gigena nos dio por tema de disertación escrita este cuadro de Suetonio; «Nerón, desde lo alto del Capitolio, rodeado de sus cortesanas, la lira en la mano y ceñida la frente de guirnaldas, contempla el incendio de Roma», no sé qué pasó por mí. Me olvidé de que el objeto primordial retórico, obligado, era vilipendiar a Nerón, ponerle por el suelo en nombre de la moral más elemental y concluir por una peroración vigorosa, en la que ofreciera ese ejemplo abominable a los reyes todos de la tierra. «Amor sonó la lira», como habría dicho don J. C. Varela, y debuté por la pintura de un incendio durante la noche. En vez de hablar de las madres, niños y ancianos víctimas del fuego, en vez de mencionar gravemente los capitales perdidos y las obras de arte destruidas, no veía sino las llamas colosales jugueteando en la atmósfera, el humo denso y abrillantado por el resplandor, el rugido de las hogueras, la muchedumbre humana en convulsión. Y allá en la altura, Nerón, bello como un dios pagano, desnudo como un efebo, cantando versos sonoros y vibrantes, mientras mujeres de incomparable hermosura sostenían su cabeza con sus blancos senos, le escanciaban vinos selectos y humedecían su sien con la guirnalda siempre fresca… Insensiblemente pasé por los límites verdosos de la alusión discreta, llegué a las licencias de Petronius, alcancé a Lucius y, al final, ciertas páginas de Gautier habrían sido cartas de Chesterfield al lado de mi composición. Gigena se alarmó y me hizo suspender la lectura a la mitad, a pesar de las protestas de los compañeros, que viendo aquel boccato, querían gozarlo íntegro.