Juvenilia
Juvenilia Por lo demás, forzoso me es declarar que aquella clase de literatura tuvo efectos funestos sobre nosotros. Fundamos diarios manuscritos, cuya «impresión» nos tomaba noches enteras, en los que yo escribía artículos literarios donde hablaba del «festín de las brisas y los céfiros en el palacio de las selvas», y en los que Lamarque, F. Cuñado, D. del Campo y otros publicaban versos. Esos diarios hicieron allí el mismo efecto que en los pueblos de campaña: turbaron la armonía y la paz, agitaron y agriaron los ánimos, y más de un ojo debió el oscuro ribete con que apareció adornado a las polémicas vehementes sostenidas por la «prensa». Por mi parte, tuve un duelo feroz. Ignoro hoy si mi adversario sufrió; pero sí recuerdo que, aunque el honor quedó en salvo, salí de la arena mal acontecido, sin ver claro, con una variante en la forma nasal y un dedo de la mano derecha fuera de su posición normal.
Un joven romano habría jurado no ocuparse más de prensa en su vida; pero las preocupaciones se van y los instintos quedan. ¡Oh! ¡Qué himnos cantara hoy al periodismo si sólo golpes y magullones me hubiera costado!…