Juvenilia
Juvenilia Se me dirá, tal vez, que con semejantes elementos era una verdadera insensatez arrostrar las iras policiales de la partida; pero esa crÃtica cesará cuando se sepa que los medios de locomoción de nuestros adversarios eran de una fuerza análoga a aquellos de que disponÃamos. Iniciada la persecución, oÃamos un ruido confuso de latas y denuestos tras de nosotros; silenciosos, como convenÃa a hombres que tenÃan en juego, a más de sus cinco sentidos, todas sus articulaciones, aspirábamos a llegar a los terrenos ya casi neutrales del otro lado del Circo; en general, según cálculo hecho y resultado previsto, rodábamos tres veces antes de llegar allÃ. Pero sabÃamos también que el honorable miembro de la partida a quien tal fracaso sucedÃa, no conseguÃa poner en pie su cabalgadura, sino después de media hora de exhortaciones expresivas. Llegados a campo abierto, entre zanjas, arroyos y alambrados, habÃamos vencido; porque, echando pie a tierra, abandonábamos la bestia, que partÃa con increÃble velocidad hacia la Chacarita, mientras nosotros saltábamos un cerco, detrás del cual, por medio de cascotes, rechazábamos con pérdida las cargas efÃmeras de la caballerÃa enemiga. Cuando una hora más tarde el sargento de la partida osaba llegar a nuestro castillo, y presentar sus quejas a las autoridades del Colegio, ya éstas habÃan sido informadas por nosotros de los desafueros que, a causa del proceso pendiente, se habÃan permitido los seides del juez de paz de Belgrano. El sargento salÃa corrido y las hostilidades tomaban un carácter feroz.