Juvenilia
Juvenilia Buena, sana, alegre, vibrante, aquella vida de campo. Nos levantábamos al alba; la mañana inundada de sol, el aire lleno de emanaciones balsámicas, los árboles frescos y contentos, el espacio abierto a todos los rumbos nos hacían recordar con horror las negras madrugadas del Colegio, el frío mortal de los claustros sombríos, el invencible fastidio de la clase de estudio. En la Chacarita estudiábamos poco, como que era natural; podíamos leer novelas libremente, dormir la siesta, salir en busca de camuatís, y, sobre todo, organizar con una estrategia científica las expediciones contra los «vascos».