Juvenilia

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Larrea hablaba sin reposo, a todas horas, con todo motivo, lo que le había valido el ya mencionado calificativo de loro. Pero cuando llegó a la Chacarita, notamos alarmados que aquella facundia inagotable había cesado y que Larrea, hosco, huraño, evitaba los juegos, los placeres comunes, no comía y pasaba todo el día tendido en su cama, en la que nos parecía oír durante la noche suspiros enormes como resoplidos de buey.

¡Larrea amaba! Una tarde me confió que había entregado su corazón a una beldad cruel que no quería apercibirse del fuego que le consumía. Me pidió que no me burlara de él, porque era un asunto serio, que le tocaba de cerca lo más íntimo del alma. Alentado por mi cara de confidente de tragedia, de aquellos únicamente admitidos en la escena para dar la réplica corta y hábil que motiva una nueva tirada del héroe, Larrea llegó hasta leerme versos. Por fin supe que el objeto de su pasión era una niña, hija de una «modesta» familia que habitaba a veinte cuadras de la Chacarita. ¡Ya lo creo! Era una chinita deliciosa de dieciocho años, de carita fresca y morena, de grandes ojos negros como el pelo, sin más defecto de aquel pescuezo angosto y flaquito que parece ser el rasgo primitivo de nuestra raza indígena. Todos la conocíamos, y más de uno hacía frecuentes pasadas a pie y a caballo, por delante de aquel rancho, alentado por locas esperanzas.


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