Juvenilia
Juvenilia Al año siguiente mis ideas se habían hecho más prácticas; nos reunimos unos cuantos y confeccionamos una lista de pecados abominables, estupendos, en que figuraba todo el repertorio de un libro de examen de conciencia que nos habían dado para prepararnos. Nos dieron penitencias atroces, como ser levantarnos a medianoche en invierno y salir desnudos al claustro, arrodillarnos sobre las losas y rezar una hora; esto durante tres meses. A buen seguro que, en caso de obediencia, la pulmonía habría dado bien pronto cuenta de nosotros. Pero aquí quiero hacer una declaración sincera que pinta bien esos escepticismos primaverales. Llegado el día de la comunión, que se hacía con gran pompa en el altar mayor, fui obligado a ir a hincarme con tres o cuatro compañeros y a esperar mi turno.
Un resto de altivez intelectual, una resolución violenta dentro de mí mismo, me hizo considerar una repugnante apostasía de mis ideas y una burla indigna de la religión, aceptar aquello. Así, cuando el sacerdote se inclinó sobre mí, le miré bien a los ojos y le dije quedo: «Paso, padre». Hizo un ligero movimiento de sorpresa; pero cuando se reincorporó yo ya me había dado vuelta y salido de la fila, llevando el pañuelo en la boca, como si realmente hubiera recibido la hostia. No me delató.