Juvenilia
Juvenilia Durante los cinco años que pasé en esa prisión, aun después de haber hecho allí mi nido y haberme connaturalizado con la monotonía de aquella vida, sólo dos puntos negros persistieron para mí: el despertar y la comida. A las cinco en verano, a las seis en invierno, infalible, fatal, como la marcha de un astro, la maldita campana empezaba a sonar. Era necesario dejar la cama, tiritando de frío casi siempre, soñoliento, irascible, para ir a formamos en fila en un claustro largo y glacial. Allí rezábamos un Padre Nuestro, para pasar en seguida al claustro de los lavatorios.