Juvenilia
Juvenilia Recuerdo una revolución que pretendimos hacer contra don José M. Torres, vicerrector entonces y de quien más adelante hablaré, porque le debo mucho. La encabezábamos un joven, Adolfo Calle, de Mendoza, y yo.
Al salir de la mesa, lanzamos gritos sediciosos contra la mala comida y la tiranÃa de Torres (las escapadas habÃan concluido) y otros motivos de queja análogos. Torres me hizo ordenar que me le presentara, y como el tribuno francés a quien plagiaba inconscientemente, contesté que sólo cederÃa a la fuerza de las bayonetas. Un celador y dos robustos gallegos de la cocina se presentaron a prenderme, pero hubieron de retirarse con pérdida, porque mis compañeros, excitados, me cubrieron con sus cuerpos, haciendo descender sobre aquellos infelices una espesa nube de trompadas. El celador que, como Jerjes, habÃa presenciado el combate de lo alto de un banco, corrió a comunicar a Torres, plagiando a su vez a Lafayette en su respuesta al conde de Artois, que aquello no era ni un motÃn vulgar, ni una sedición, sino pura y simplemente una revolución. El señor Torres, no por falta de energÃa por cierto, sino por espÃritu de jerarquÃa, fue inmediatamente a buscar a M. Jacques, rector entonces del Colegio y que vivÃa en una casa amarilla, en la esquina de Venezuela y Balcarce. Pero nosotros creÃamos que habÃa ido a traer la policÃa y empezamos los preparativos de defensa.