Juvenilia

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Las matemáticas, como toda noción racional por lo demás, eran para él abismos sin fondo en los que su cráneo de chorlo se mareaba. Era feísimo, picado de viruelas, con un pelo lacio, duro y abundante, obedeciendo sin trabas el impulso de veinte remolinos. Sus libros, jamás abiertos, eran los más sucios y deshechos del Colegio. Algunas veces, cuando la cosa apuraba, venía a que le explicáramos un teorema, con claridad, sin prisa y dándose el derecho de preguntar sin límites. Era inútil; no tenía la noción del ángulo recto. En clase pasaba el tiempo en tallar el banco, que se iba convirtiendo en un escaño digno del Berruguete; en fumar a escondidas, a favor de su facultad envidiada de retener el humo en el pecho durante cinco minutos; en hacer flechas, cuerdas de goma de botín que, fijadas en el índice y el anular, lanzaban al techo una bola de papel mascado que se adhería a él, sosteniendo por un hilo un retrato de perfil del profesor; en fabricar gallos perfectos, navíos primitivos y en mil otros pasatiempos igualmente conexos con el curso.

No había casi día en la clase de Jacques, que Corrales escapara a las vigorosas acometidas del sabio.




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