Juvenilia

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Jacques debutó por un revés, que fue hábilmente parado; una finta en tercia, seguida de un amago al pelo, no tuvo mayor éxito. Entonces, Jacques, despreciando los golpes artísticos, comenzó lisa y llanamente a hacer llover sobre Corrales una granizada de trompadas, bifes, reveses, de filo, de plano, de punta, todo en confuso e inexplicable torbellino. El calor de la lucha enardeció a Corrales; se multiplicaba, se retorcía y a cada buena parada decía con acento jadeante: «¡Diande!», «¡Cuándo, mi vida!» y otros gritos de guerra análogos. Jacques, más irritado aun, hizo avanzar la artillería y una nube de puntapiés cayó sobre las extremidades del intrépido agredido.

Corrales, que no sabía canchar con las piernas, se puso de rodillas sobre el banco; esta simple evolución hizo efímeros los estragos del cañón y el combate al arma blanca continuó.

Pero Corrales era un simple montonero, un Páez, un Güemes, un Artigas; no había leído a César, ni al gran Federico, ni las memorias de Vauban, ni los apuntes de Napoleón, ni los libros de Jomini.

Su arte era instintivo y Jacques tenía la ciencia y el genio de la estrategia.

De idéntica manera los persas valerosos no supieron defender sus empalizadas contra los atenienses en Platea.


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