Apócrifos
Apócrifos Carraspeando y gimoteando, tras un largo preámbulo de introducción, se reunieron de nuevo los miembros del Senado en sesión extraordinaria, que se celebraba a la sombra de un olivo sagrado.
—Bueno, señores —se animó Hipometeo, presidente del Senado—. ¡Hay que ver cómo se ha prolongado esto! Creo que no es necesario un resumen, pero, en fin, para que no haya objeciones formales... AsÃ, pues, Prometeo, ciudadano de la localidad, comparece ante el Tribunal acusado de haber inventado el fuego y con ello, ejem..., ejem..., de haber violado el orden establecido. Ha confesado, primero: que verdaderamente inventó el fuego; segundo: que es capaz de sacarlo, cada vez que lo desee, del pedernal; tercero: que este secreto, mejor dicho, que este descubrimiento escandaloso no lo guardó para sà ni lo comunicó a los centros competentes, sino que lo confió y dejó usar libremente a gente incapacitada, como se ha comprobado por las declaraciones de las personas que acaban de ser interrogadas. Creo que esta explicación bastará y que podemos pasar inmediatamente a la votación sobre su culpabilidad y sobre la sentencia a imponer.
