Apócrifos
Apócrifos —Yo me permitirÃa indicar —se oyó decir a Ameteo, después de haber tosido con decisión— que, según mi opinión, en todo esto se deberÃa recalcar particularmente una parte del asunto. Me refiero, señores, a la parte religiosa. PermÃtanme expresarme. ¿Qué es ese fuego?, ¿qué es esa chispa que se hace brotar del pedernal? Como reconoció el mismo Prometeo, no es más que un rayo, y todos sabemos que el rayo es una manifestación del poder sobrenatural del Dios de las Tormentas. Hagan el favor de explicarme, señores, cómo es posible que un tal Prometeo se haya apoderado del fuego divino. ¿Con qué derecho se lo apropió? ¿De dónde lo sacó? Prometeo trata de convencernos de que, sencillamente, lo descubrió; pero eso es una disculpa tonta. Si se tratase de un hecho tan inocente, ¿por qué no habrÃa inventado el fuego, por ejemplo, uno de nosotros? Yo estoy convencido, señores, de que Prometeo robó el fuego a nuestros dioses. Sus negativas y disculpas no nos embaucarán. Yo calificarÃa su acto, primero, de robo ordinario, y segundo, de delito de blasfemia y robo sacrilego. Estamos aquà para castigar con la mayor severidad este atrevimiento impÃo, y para defender la propiedad sagrada de nuestros dioses nacionales. Esto es todo lo que querÃa decir, señores —termino Ameteo, y se sonó con energÃa en los faldones de su toga.
—Bien dicho —aprobó Hipometeo—. ¿Tiene alguien más alguna observación que hacer?
