La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Li, ven a ayudarme —gruñó Abe con rudeza, empujando el bote hacia la laguna.
Queridita Li recogió su albornoz.
—¡Adiós, queriditos!
Vieron cómo aquellas sombras chapoteaban en el agua en dirección a ellos.
—¡Date prisa, Abe!, ¡rápido, rápido! —gritó Li corriendo hacia el bote.
—¡Ya están otra vez aquí! —Abe Loeb trataba desesperadamente de meter el bote en el agua. La señorita Li saltó dentro agitando sus brazos como en un saludo.
—Ponte al otro lado, Abe, me estás tapando.
—Naif, chiss, chiss, Abe, Abe…
—Naif, chiss, naif…
—Chiss, chiss…
Por fin, el bote se balanceó sobre las aguas. Mr. Abe se agarró a él, apoyándose con todas sus fuerzas en los remos. Uno de ellos tropezó con algún cuerpo resbaladizo.
Queridita Li respiró aliviada.
—¿Verdad que son terriblemente simpáticos y que lo hice perfectamente?
Mr. Abe remaba con todas sus fuerzas hacia el yate.
—Ponte el albornoz, Li —dijo secamente.