La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —¡Aprisa, Abe, corre, corre! —gemÃa Queridita pataleando histérica, mientras clavaba en el cuello de Abe sus uñas plateadas.
—¡Caramba, Li, déjame en paz! —gruñó Abe.
—Naif —ladraban junto a él—. Chiss, chiss, chiss… Naif, Li, Naif, Li…
Ya habÃan cruzado el semicÃrculo, y Abe sentÃa que sus piernas se hundÃan en la arena húmeda.
—¡Déjame ya en tierra! —dijo Queridita, precisamente en el momento en que a Abe le abandonaban las fuerzas.
Abe respiró pesadamente, limpiándose con el brazo el sudor de la frente.
—¡Métete en el bote, rápido! —gritó a su Queridita Li.
El semicÃrculo de sombras negras se habÃa vuelto hacia Li y se acercaba, poco a poco.
—Chiss, chiss, chiss… Naif… Li…
Pero Li no gritó, Li no echó a correr. Levantó sus brazos al cielo y el albornoz cayó al suelo. Li, desnuda, movÃa sus brazos hacia las sombras y les lanzaba besos. En sus temblorosos labios apareció algo que todos hubieran calificado de «encantadora sonrisa».
—¡Son tan tiernos! —dijo con voz vacilante. Y sus blancos brazos se extendieron de nuevo hacia aquellas sombras tambaleantes.