La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —¿Y si nos cierran el paso? —gimió Li—. Abe, ¿no prefieres ir tú solo? ¡Pero no puedes dejarme aquà solita!
—Te llevaré en brazos —propuso heroicamente Abe.
—No estarÃa mal —aprobó Li.
—Pero tienes que ponerte el albornoz —gruñó Abe.
—En seguida. —La señorita Li se arregló con las dos manos su famoso cabello dorado.
—¿No estoy terriblemente despeinada? ¿No tienes un lápiz de labios?
Abe le echó el albornoz por los hombros.
—Vamos ya, Li.
—Tengo miedo —susurró Queridita.
Mr. Abe la levantó en brazos. Li se sentÃa ligera como una pluma. «¡Caramba!, es más pesada de lo que creÃas, ¿no?», dijo la voz de Abe, frÃa y criticona. «Y, ahora, tienes las dos manos ocupadas, ¡hombre! Si esos animales nos atacaran… ¿qué ocurrirÃa?».
—¿No quieres correr un poco? —propuso Queridita.
—Sà —respondió Mr. Abe, que movÃa con dificultad las piernas.
OscurecÃa rápidamente. Abe se iba aproximando a aquel amplio semicÃrculo de animales.