La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Y asà continúa hablando… El mar es grande y el océano del tiempo no tiene lÃmites. Escupa en el mar, hombre, y verá que ni se mueve; cuéntele su destino y no se conmoverá. Y asÃ, después de muchas preparaciones y rodeos, llegamos al momento en que el capitán J. van Toch, del barco holandés Kandong Bandoeng, lamentándose y maldiciendo, sube a un bote para que le lleve al kampong en Tana Masa y tratar con el agente borracho, mestizo de cubano y portuguesa, algunos asuntos comerciales.
—Lo siento, capitán —dijo finalmente el mestizo—, pero aquà en Tana Masa no llega a crecer ningún molusco. Estos cochinos batacos —añadió con un gesto de asco—, se comen hasta las medusas, están más tiempo en el agua que en la tierra y las mujeres apestan a pescado. ¡No se lo puede usted imaginar…! ¿Qué estaba diciendo? ¡Ah, sÃ! Usted me preguntaba por mujeres.
—¿Y no hay por aquà un trocito de litoral —preguntó el capitán—, donde no se metan en el agua esos batacos?
El mestizo negó con la cabeza:
—No lo hay, señor, como no sea en la BahÃa del Diablo… pero aquello no es para usted.
—¿Y por qué?
—Porque… allà no puede ir nadie. ¿Le sirvo más, capitán?