La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Gracias. ¿Hay tiburones all�
—Tiburones y… lo demás… —balbuceó el mestizo—. Un mal sitio, señor. A los batacos no les gustarÃa que nadie metiese las narices allÃ.
—Pero ¿por qué?
—Allà hay diablos, señor. Diablos marinos.
—¿Qué es eso de «diablo marino»? ¿Algún pez?
—No, ningún pez —respondió evasivo el mestizo—. Sencillamente, diablos, señor. Diablos submarinos. Los batacos los llaman Tapas. Dicen que esos diablos tienen su ciudad en el fondo del mar. ¿Le sirvo más bebida?
—¿Y qué forma tienen esos diablos marinos?
El mestizo se encogió de hombros.
—Como diablos, señor, sencillamente, como diablos. Yo vi uno una vez… mejor dicho, solamente su cabeza. VolvÃa en un bote del Cabo Haarlem… de pronto, justo delante de mÃ, salió del agua una cabezota…
—Bueno, ¿y cómo era? ¿A qué se parecÃa?
—En fin, la cabezota era, más o menos, como la de un bataco, pero completamente calva, señor.
—¿Y no serÃa un bataco?