La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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—No lo era, señor. ¡En aquel lugar no hay bataco que se meta en el agua! Además, me hacía guiños con los párpados inferiores, señor —el mestizo tembló de horror al recordarlo—. Con los párpados inferiores que le cubrían casi todo el ojo. Así son los Tapas.

El capitán J. van Toch hizo rodar entre sus gruesos dedos el vasito con vino de palma.

—Y… ¿no estaría usted borracho? ¿No estaría usted como una cuba?

—Lo estaba, señor. De no ser así, no habría remado por aquel lugar. A los batacos no les gusta que nadie moleste a esos diablos.

El capitán van Toch negó con la cabeza.

—Mire, hombre, diablos no existen y, caso de existir, se parecerían a los europeos. Quizás fuese algún pez o algo parecido.

—¿Un pez? —tartamudeó el mestizo—. Un pez no tiene manos, señor. Yo no soy ningún bataco, señor, he ido a la escuela en Bandjoeng. Quizás me acuerde todavía de los Diez Mandamientos y de otras enseñanzas científicas. Un hombre culto sabe distinguir perfectamente un diablo de un animal. Pregúnteselo usted a los batacos, señor.


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