La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Ésas son supersticiones de negros, hombre —aclaró jovialmente el capitán con la superioridad de un hombre culto—. CientÃficamente es algo sin sentido, pues un diablo no puede vivir en el agua. ¿Qué harÃa allÃ? No debes hacer caso de los cuentos de los nativos, muchacho. Alguien dio a ese golfo el nombre de «BahÃa del Diablo» y, desde entonces, los batacos le tienen miedo. Asà es la cosa —añadió el capitán, golpeando con su gruesa palma la mesa—, allà no hay nada, muchacho, eso está cientÃficamente claro.
—Lo está, señor —asintió el mestizo que habÃa ido a la escuela en Bandjoeng—, pero ningún hombre con sus cinco sentidos tiene nada que buscar en la BahÃa del Diablo.
El capitán van Toch enrojeció.
—¿Cómo? —gritó—. ¿Crees que me voy a asustar de tus diablos? ¡Ya lo veremos! —dijo levantando con gran dignidad su mole de cien kilos de peso—. No voy a perder mi tiempo contigo, cuando tengo que ocuparme de negocios. Pero ¡recuérdalo bien!, en las colonias holandesas no existe ningún diablo; si los hubiera serÃa, en todo caso, en las francesas. Allà es posible. Y, ahora, llámame al jefe de este maldito kampong.