La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras No fue preciso esperar mucho tiempo al referido mandatario. Estaba sentado en cuclillas junto a la tienda del mestizo, chupando una caña de azúcar. Era un señor de cierta edad, completamente desnudo, aunque muchÃsimo más delgado de lo que acostumbran a ser los alcaldes europeos. Tras él, un poco retirada para conservar la distancia apropiada, estaba sentada en cuclillas toda la aldea, incluidos mujeres y niños, esperando seguramente que los fueran a filmar.
—Escucha, viejo —le dijo el capitán van Toch en malayo (podÃa haberle hablado también en holandés o inglés, porque el muy honorable viejo bataco no sabÃa una palabra de malayo, y todo el discurso del capitán se lo tenÃa que traducir al bataco el mestizo; pero por alguna razón, el capitán consideraba el malayo la lengua más adecuada). Escucha, viejo, necesitarÃa algunos muchachos grandes, fuertes, valientes, para que viniesen conmigo a pescar, ¿comprendes?, a pescar.
El mestizo hizo la traducción y el alcalde movió la cabeza afirmativamente, para demostrar que comprendÃa. Luego se volvió hacia el amplio auditorio y tuvo con su gente una conversación, con evidente éxito.
—El jefe dice —tradujo el mestizo— que toda la aldea irá con el señor capitán a pescar donde quiera.
—¿Lo ves? Diles, pues, que vamos a ir a pescar perlas a la BahÃa del Diablo.