La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras A esto siguió un cuarto de hora de agitadas discusiones en las que participó toda la aldea, principalmente las viejas. Por fin el mestizo se volvió hacia el capitán:
—Dicen, señor, que a la Bahía del Diablo no se puede ir.
El capitán empezó a enrojecer.
—¿Y por qué no?
El mestizo se encogió de hombros.
—Porque dicen que allí hay Tapa-tapas. Diablos, señor.
El capitán empezó a ponerse morado.
—Bien, pues diles que si no vienen… ¡les sacaré los dientes, les arrancaré las orejas, los colgaré y le prenderé fuego a todo este piojoso kampong!, ¿comprendes?
El mestizo lo tradujo escrupulosamente y de nuevo siguió una larga deliberación. Finalmente, se volvió hacia el capitán.
—Dicen, señor, que irán a presentar una denuncia a la policía de Padang, que usted los ha amenazado… Dicen que contra eso hay leyes… El alcalde asegura que no va a dejar las cosas así…
El rostro del capitán van Toch tomó un tinte azulado…
—Bien, pues dile —gritó— que es un…
Y habló sin parar durante once minutos.